Un lugar donde un hombre de Florida (Uruguay), la capital de la Piedra Alta, cuenta de todo un poco, sobre su pueblo, su vida, sus viajes, su familia y más que nada, sobre su Florida natal. Tambien mucho sobre mi querido Camino de Santiago.



Monday, February 28, 2011

Campamento de invierno


El martes nos vamos con Wilson a nuestro campamento anual de invierno, veremos que fotos traemos esta vuelta.
Posted by Picasa

Grito de Asencio.-


Fue el comienzo de una nueva etapa, el despertar de un sueño de una patria plural, justa y duradera. Osiris Rodríguez Castillo en su Cielo de los Tupamaros, fue el que más cerca estuvo de describir esa época sin mucho ruido y en pocas palabras.


Cielo mi cielito lindo
Danza de viento y juncal
Prenda de los Tupamaros
Flor de la danza oriental

El cielo de los matreros
Miren que oscuro que está
Bien haiga las medialunas
Que lo andan por alumbrar

Pa mi que los chapetones
Ya nos cuentan redotados
Y es que no han caido en que somos
Pocos pero bien montados

Con Venancio Benavides
Y Perico “el bailarín”
Saldremos a chuza y bolas
A gatas suene el clarín

Yo vide un águila mora
Volando sobre un chilcal
Y era el alma cimarrona
Campiando la liberta

Cielo mi cielito lindo
Danza de viento y juncal
Prenda de los tupamaros
Flor de la danza oriental

Poema de Osiris Rodríguez Castillo
Pintura: Prestada sin permiso de marceloesosa.blogspot.com

Friday, February 25, 2011

Pobre Italia!

La verdad es que ya no se puede viajar, porque uno se lleva muchas sorpresas…

Por ejemplo, veníamos de Austria rumbo a Italia, la desilusión que nos llevamos al ver que todas las montañas estaban llenas de agujeros.



Con un poco de dolor en el alma seguimos para Venecia, al llegar nos encontramos que teníamos que dejar el auto lejos, parece que se les habían inundado todas las calles.



Ahí fue cuando decidimos irnos para el sur, yo quería conocer Pompeya, vaya sorpresa, estaba totalmente abandonada y las calles todas de piedra como hace dos mil años.




Hastiado y totalmente desilusionado, enfile otra vez para el norte con las esperanzas de encontrar Roma en toda su gloria…

Pobre Italia, cuando llegue a su ciudad capital, la encontré totalmente en ruinas.



Que lastima, que desperdicio,con lo que te cobran los pasajes.

Thursday, February 24, 2011

¿Dar o recibir?

Uno de los refranes mas comunes y siempre repetido es: “Es mejor dar que recibir”.

Hay muchas veces en la que he encontrado mil razones para no estar de acuerdo con esta creencia popular, pero de igual manera estoy de acuerdo con el concepto en general.

El otro día en una de mis viejas carpetas y escritos encontré algo referente al tema, y una nota que había escrito en los márgenes, me recordaba de algo que puedes dar en abundancia, todos los días, que a la vez te devuelve una ganancia mucho más grande que la inversión.

No cuesta nada, pero da un resultado positivo en el momento. Enriquece instantáneamente a quien lo recibe, sin hacerle perder nada a quien lo brinda, se brinda en un segundo y hay veces que deja beneficios que duran para siempre.

Nadie es tan rico como para vivir sin utilizarla o tan pobre que no tenga un poco de más como para dar, ambas partes se enriquecen al dar o recibir.

En la casa, crea alegría instantánea, en los negocios genera simpatía y apego, entre amigos suele ser y es moneda corriente. Ese regalo puede dar descanso al cansado, un poco de luz al que anda descorazonado y a oscuras, es un rayo de sol para el deprimido y triste… es sin duda, el mejor antídoto contra los problemas.

Sin embargo, no se puede comprar, ni vender, ni robar y solo tiene valor cuando se da sin ataduras o compromisos. Si uno se encuentra con alguien que se olvida de dar este regalo, lo mejor es dárselo para que lo reparta a otros, porque no hay nadie que lo necesita más que aquel al que se le han terminado y no tiene para dárselo a otros.

¿Ya se dieron cuenta que es? ¿Qué hay en esta bendita tierra de nosotros que pueda brindar tanto sin costar nada?

Una sonrisa.

Si es cierto solamente y simplemente una sonrisa.


Cuando una de mis nietas me regala una sonrisa, me arma y me desarma.

Yo me he propuesto y lo hago constantemente, el brindar una sonrisa a todas las personas con que me cruzo a lo largo del día. Una sonrisa grande, sin tapujos, sin esperar respuesta. Es increíble la reacción de las personas que la reciben, como la mayoría de la gente no está acostumbrada a recibir sonrisas gratis, al principio me mira como intrigado, pero un segundo después me la devuelve, muchas veces más grande que la que les di.

Yo he comprobado que una sonrisa me cambia a mí, pero también cambia a todos los que me rodean.

¿Por qué después de leer esto no lo prueban por unos días? … lo más probable que les de gran resultado y vean la vida con un poco mas de foco positivo.

El Tordillo (filosofando).-

Tuesday, February 22, 2011

Décimas a Jacinto Luna.-(Osiris Rodríguez Castillos)

Décimas a Jacinto Luna

No pregunten de a’nde soy,
vengo del tiempo aparcero,
y ni los mismos senderos
se imaginan p’ande voy;
voy tiempo arriba y estoy
conforme con mi destino,
de andar solo y peregrino,
durmiendo sobre mis garras,
y despertando guitarras
a la orilla del camino.

Sin facón en la carona
ni lazo ata’o a los tientos,
traigo un temblor que los vientos
dejaron en mis bordonas,
y una pena en las lloronas
que no levantan el vuelo,
porque el rigor del pihuelo
la lleva atada a mi huella,
de no, ya serían estrellas
alumbrando desde el cielo.

Ya no tengo ni querencia
y las leguas no me espantan,
porque no hay pa’ los que cantan
más pago que el de la ausencia;
nada me ata a la esistencia,
voy muriendo al tranco lerdo
y, en ocasiones, me pierdo
tras los horizontes rojos,
con un niebla en los ojos
y acosa’o por los ricuerdos.

Me han echa’o en el fogón
ramitas de mataojo,
espinas en el rastrojo,
dolor en el corazón;
y voy con esta canción
en los labios de una herida,
pa’ que al final de mi vida
quede mi canto despierto,
pues todo cocuyo muerto
deja una luz encendida.

Osiris Rodríguez Castillos

Monday, February 21, 2011

"El Ojo de Ulma".- Por Jesús Perdomo





"El Ojo de Ulma" Por Jesusús Perdomo
"Grande ", “del Palmar", "de los Difuntos", "del Potrerillo", "de
los Ahogados", "de Navarro", "Negra", la llamó el hombre blanco...
"Ulmá", la oscura había dicho el indio en guaraní.

Como un enorme ojo liquido, la gran Laguna centra una región donde
el agua es reina y señora: bañados, esteros arroyos, sangraderos, cañadas...
Al oeste, las enmarañadas Sierras vigilan. Infinitos Palmares
butiaseros se arrastran densos por el llano, y se atreven a escalarlas,
peleándole lugar al arisco monte aborigen. Abajo, abriendo secretos
laberintos, una rica fauna nativa corretea, escondida y protegida.
¿Quiénes fueron los primeros "actores" que llegaron a este "escenario"
del "Ojo de Ulmá"? No lo sabemos. Sí sabemos que hace tres o cuatro
mil años, por lo menos, se asientan por aquí los hombres más antiguos
que dejan huella física de su paso. Son los constructores de "Cerritos",
con presencia marcada en la costa norte de la laguna negra. El vecino
don Antonio Massiotti ha sentenciado: "Los Cerritos de Indios son
nuestras pirámides".
Fue desenterrado el esqueleto de un perro que corrió y cazó junto a
sus amos por campos del Potrerillo, dos mil años antes de llegar el
español a América. Algo más al norte, donde los cerritos se cuentan
por cientos, están tomando forma las excavaciones de arqueólogos
profesionales. Los datos iniciales que manejan nos permiten ya entrever
un mundo cultural insospechado y fascinante.
Desde muy antiguo, los paisanos -jinetes de paso y vecinos de la zonasabían
de estos misteriosos aborígenes, ¿arachanes?, ¿tapuiás?... Por
eso, al norte del "Ojo de Ulmá", bautizaron parajes como "Cerros de los
Indios", "Rincón de los Indios", "Arroyo de los Indios" (el único arroyo
del país hoy borrado del mapa por mano del hombre).
Precisamente, la gran Laguna se llamó "de los difuntos" por los esqueletos
Indígenas que aparecieron, rodeados de piedras, en la Sierra costera. Y desde
1940, la pintoresca ruta que acompaña el borde oeste del "Ojo de Ulmá",
asomando al viajero a panorámicos "balcones de Palmares, lleva el
sugestivo nombre de "Camino de los Indios.
Infinitos años después de los "cerriteros", empiezan a reflejarse en el
oscuro espejo de "Ulmá" los penachos de plumas de los Guenoa-charrúas.
Los atrae seguramente el misterioso gran ojo líquido, oscuro v
rebosante de pesca, con abrigo de la sierra para el invierno y arenal
playero para el verano...
Cuando, por las obras de 1979, la Laguna bajó las aguas a sus niveles
históricos, quedaron a la vista paraderos indígenas repletos de piezas
liticas, particularmente en la orilla sureste: miles y miles de puntas de
flecha, rascadores, morteros, rompe-cocos... O bien pasaron por aquí
infinitas tolderías a lo largo de mucho tiempo o ésta era una "estación
de baños" (?) muy popular y concurrida entre las tribus de la región...
¿Cuál de estas tolderías habrá bautizado un Cerro, solitario al oeste
del "Ojo de Ulmá", con el dulce nombre guaraní' "Lechiguana"
¿Quiénes fueron los primeros hombres blancos que pisaron el circulo
arenoso del oscuro lago "Ulmá"? Sin duda, exploradores Jesuítas por
1670, los ojos mejor entrenados para inventariar recursos que abastecie-
ran su proyecto teocrático-socialista de las misiones. La negra Laguna
"Ulmá" con sus esterales, era ía muralla acuática que protegía -por el
este- la fabulosa "mina de cueros y sebo" de la "Vaquería de la Costa
del mar de Castillos", como rezaban los documentos jesuíticos.
Sabemos si quién fue el primer portugués que pisó las arenas de la
orilla este de "Utmá". Se llamaba Domingo Filgueiras. En 1703 a pie,
abrió comunicación por tierra entre la recién fundada Colonia do
Sacramento y el Rio Grande.
Más tarde, en 1724, un audaz faenero porteño avanzó, haciendo corambre,
sebo y grasa hasta la arisca orilla serrana de la gran Laguna.
Allí estableció campamento. Era Francisco Navarro, abastecedor de
Buenos Aires. Hasta hoy, dándole nombre a los ocho cerros, quedó su
apellido: "Cerros de Navarro".
Los portugueses en su "pulseada" con España, son excelentes lectores
de mapas. Notan que entre la gran Laguna y sus esteros y el océano,
corre un estrecho istmo arenoso: La Angostura.
Si, en el punto mas angosto, apretado entre "Ulmá" y el mar, colocan
una "Puerta de Piedra", que puedan abrir y cerrar a voluntad, podrán
controlar para su beneficio el movimiento de tropas y pobladores
bloqueando el paso obligado para incursiones españolas
hacia el norte. Esa estratégica«puerta de piedra será la fortaleza.
Cuando en 1762, el portugués Osorio empieza a clavar en el suelo de
la Angostura sus primeras trincheras de "palo a pique", la "paz india"
de la oscura "Ulmá" se quiebra para siempre.
España, siempre de contragolpe, aprende con seis meses de atraso lo
que ya sabían los portugueses. Manda desalojarlos... Desde Maldonado
avanza el General Pedro Zeballos, el primer geopolítico español en
esta zona. Mil quinientos dragones, doce cañones, caballadas, bueyes,
ganado para consumo, ciento ochenta carretas con parque, víveres y
sanidad. ¡Jamás la mansa "Ulmá" había presenciado semejante movilización!
Zeballos se arrima, avanzando escondido en el espeso Palmar
de Castillos. En lo mas cerrado del mismo, hasta hoy se conserva una
"calle", un claro artificial, de veinte metros de ancho por más de un
kilómetro de largo: paso abierto por Zeballos -cuenta la tradición
local- para poder trasladar sus cañones y carretas.
Tres mil hombres españoles y portugueses traban batalla. Dos días
con sus noches resuenan los gritos, truenan los arcabuses, retumban
los cañones. Finalmente, Zeballos le cierra la "puerta en las narices
a Portugal.
"Santa Teresa", ahora española, empieza a levantarse en medio de un
árido arenal. Ni un árbol. Leña, madera y paja deben acarrearse desde
las Sierras de Navarro, al otro lado de la gran Laguna. "La Balsa",
"La Canoa" y "La Lancha" son los tres primeros fletes marineros que
cabalgan la oscura pradera líquida de "Ulmá".
Indios cortaban leña, indios manejaban las barcas, indios descargaban
en Santa Teresa. Indios tapes misioneros la mayoría, algunos pampas
también. Bien puede calcularse en 700 los indios ocupados en la fortaleza
por 1775, los antiguos abuelos de tantos rostros cobrizos, de pelo chuzo
y callada mirada, oscuros y mansos que vemos hoy en torno al "Ojo de Ulmá",
oscuro y manso también.
1811, setiembre... Ráfagas de humo barren la gran Laguna. Recortándose
como oscura culebra contra el sol naciente del mar, una lenta
caravana avanza, subiendo y bajando médanos. Reflejándose en el
"Ojo de Ulmá", desfilan jinetes de hombros caídos y desamparo en la
mirada, carretas apresuradamente cargadas, niños, viejos, mujeres,
algunos perros... Pasan como sonámbulos rumbo al suroeste .
Son los ciento y pico de vecinos del pueblo de Santa Teresa, las familias
de la guarnición, pulperos, capataces de carretas, peones, que se han
puesto "en redota", escapando de la invasión portuguesa y buscando
refugio allá lejos, junto a Artigas... Aquí en Santa Teresa, está comenzando
el Éxodo del Pueblo Oriental. "Ulmá" presenció como quemaban
sus ranchos y se ponían en marcha...
1820. Transitando en el mismo sentido que "la redota", el "Ojo de
Ulmá" ve pasar una diligencia. Lleva al sabio francés Auguste de Saint
Hilaire. Entre otros, tiene el mérito de rescatarnos del olvido el nombre
indio de la Laguna Negra: "Le lac des Oulmaés"...
1825. Diciembre 30. La noche está muy oscura. Luego de un día en
que el sol de verano ha castigado con furia sus negras aguas, "Ulmá"
duerme confiada, arrullada por el bicherío menudo del bañado de la
Angostura, al sur...
De golpe se despierta, todo el oscuro circulo de aguas alerta. Un gran
silencio se hace en el bicherío del bañado. La vieja y sabia "Ulmá"
se pone a escuchar... Poco a poco un chapoteo lejano y sordo se va
acercando: caballos que cruzan el bañado. Trescientos jinetes, sombras
en la sombra, avanzan sigilosos. "Ulmá" sonríe. Conoce a esos jinetes.
Sabe quién los manda. Sabe a dónde van, agazapados como indios...
Es Leonardo Olivera con sus 300 gauchos. Han cabalgado de noche,
escondiéndose de día. Van a caerle por sorpresa a los brasileros de
Santa Teresa, tomándola para la Patria. "Ulmá" está de fiesta...
1897. Mayo 24. Es mediodía en campos de Risso, junto a la Laguna. Para
el lado de la "Lechiguana" se escuchan tiros, cada vez más nutridos. Al
Tiempo, una estirada columna de jinetes galopa en disparada, buscando
el abrigo del espeso Palmar en la punta del estero de la Angostura.
Eran tiempos revueltos. Dos meses atrás, Aparicio Saravia y Diego
Lamas Habían invadido el país empezando la Revolución del 97.
Ya habían sucedido "Tres Árboles" y "Arbolito". También junto a
"Ulmá", la oscura, vendrían hermanos orientales a enfrentarse hasta
la muerte...
Les fue mal a los revolucionarios de Marcelo González... El tiroteo y la
disparada de jinetes blancos había comenzado dos horas antes en la
zona del "Maturrango", desplazándose la acción hacia la "Lechiguana",
buscando los fugitivos encontrar vía de escape por la Angostura rumbo
al Brasil, huyendo de las huestes gubernistas del Coronel Manduca
Carabajal.
Este combate de "Maturrango- Lechiguana" fue la acción más importante
librada en territorio róchense, cuando el 97. Allí se enfrentaron
dos contingentes nutridos -por lo menos 350 combatientes por bando-
hubo heridos, hubo muertos, se tomaron prisioneros... Un combate
en toda regla.
¿Cuántos secretos guardarán los Palmares y esterales de esa rinconada
junto a la Laguna Negra? ¿Cuántas lanzas, trabucos y carabinas -abandonadas
en la premura de la disparada al Chuy- estarán durmiendo
olvidadas en el fondo del bañado de la Angostura?...
Solamente, la vieja y sabia "Ulmá" puede saberlo.
Articulo extraido del Almanaque 2003 del Banco de Seguros del Estado.-

Sunday, February 20, 2011

Lafoto de hoy.-

Que lindo el tomarse unos mates y comer un pedazo de capon asado, tempranito... antes que salga el sol.

Friday, February 18, 2011

La foto de hoy.-

Horacio Silvestre Quiroga .- (click aqui)


Horacio Silvestre Quiroga Forteza
(Salto, Uruguay, 31 de diciembre de 1878 – Buenos Aires, Argentina, 19 de febrero de 1937), cuentista, dramaturgo y poeta uruguayo.

Fue el maestro del cuento latinoamericano, de prosa vívida, naturalista y modernista.[2] Sus relatos breves, que a menudo retratan a la naturaleza como enemiga del ser humano bajo rasgos temibles y horrorosos, le valieron ser comparado con el estadounidense Edgar Allan Poe.

La vida de Quiroga, marcada por la tragedia, los accidentes de caza y los suicidios, culminó por decisión propia, cuando bebió un vaso de cianuro en el Hospital de Clínicas de la ciudad de Buenos Aires a los 58 años de edad, tras enterarse de que padecía de cáncer de próstata.[3]


El almohadón de plumas
de Horacio Quiroga

Su luna de miel fue un largo escalofrío. Rubia, angelical y tímida, el carácter duro de su marido heló sus soñadas niñerías de novia. Lo quería mucho, sin embargo, a veces con un ligero estremecimiento cuando volviendo de noche juntos por la calle, echaba una furtiva mirada a la alta estatura de Jordán, mudo desde hacía una hora. Él, por su parte, la amaba profundamente, sin darlo a conocer.

Durante tres meses —se habían casado en abril— vivieron una dicha especial. Sin duda hubiera ella deseado menos severidad en ese rígido cielo de amor, más expansiva e incauta ternura; pero el impasible semblante de su marido la contenía siempre.

La casa en que vivían influía un poco en sus estremecimientos. La blancura del patio silencioso —frisos, columnas y estatuas de mármol— producía una otoñal impresión de palacio encantado. Dentro, el brillo glacial del estuco, sin el más leve rasguño en las altas paredes, afirmaba aquella sensación de desapacible frío. Al cruzar de una pieza a otra, los pasos hallaban eco en toda la casa, como si un largo abandono hubiera sensibilizado su resonancia.

En ese extraño nido de amor, Alicia pasó todo el otoño. No obstante, había concluido por echar un velo sobre sus antiguos sueños, y aún vivía dormida en la casa hostil, sin querer pensar en nada hasta que llegaba su marido.

No es raro que adelgazara. Tuvo un ligero ataque de influenza que se arrastró insidiosamente días y días; Alicia no se reponía nunca. Al fin una tarde pudo salir al jardín apoyada en el brazo de él. Miraba indiferente a uno y otro lado. De pronto Jordán, con honda ternura, le pasó la mano por la cabeza, y Alicia rompió en seguida en sollozos, echándole los brazos al cuello. Lloró largamente todo su espanto callado, redoblando el llanto a la menor tentativa de caricia. Luego los sollozos fueron retardándose, y aún quedó largo rato escondida en su cuello, sin moverse ni decir una palabra.

Fue ese el último día que Alicia estuvo levantada. Al día siguiente amaneció desvanecida. El médico de Jordán la examinó con suma atención, ordenándole calma y descanso absolutos.

—No sé —le dijo a Jordán en la puerta de calle, con la voz todavía baja—. Tiene una gran debilidad que no me explico, y sin vómitos, nada.. . Si mañana se despierta como hoy, llámeme enseguida.

Al otro día Alicia seguía peor. Hubo consulta. Constatóse una anemia de marcha agudísima, completamente inexplicable. Alicia no tuvo más desmayos, pero se iba visiblemente a la muerte. Todo el día el dormitorio estaba con las luces prendidas y en pleno silencio. Pasábanse horas sin oír el menor ruido. Alicia dormitaba. Jordán vivía casi en la sala, también con toda la luz encendida. Paseábase sin cesar de un extremo a otro, con incansable obstinación. La alfombra ahogaba sus pesos. A ratos entraba en el dormitorio y proseguía su mudo vaivén a lo largo de la cama, mirando a su mujer cada vez que caminaba en su dirección.

Pronto Alicia comenzó a tener alucinaciones, confusas y flotantes al principio, y que descendieron luego a ras del suelo. La joven, con los ojos desmesuradamente abiertos, no hacía sino mirar la alfombra a uno y otro lado del respaldo de la cama. Una noche se quedó de repente mirando fijamente. Al rato abrió la boca para gritar, y sus narices y labios se perlaron de sudor.

—¡Jordán! ¡Jordán! —clamó, rígida de espanto, sin dejar de mirar la alfombra.

Jordán corrió al dormitorio, y al verlo aparecer Alicia dio un alarido de horror.

—¡Soy yo, Alicia, soy yo!

Alicia lo miró con extravió, miró la alfombra, volvió a mirarlo, y después de largo rato de estupefacta confrontación, se serenó. Sonrió y tomó entre las suyas la mano de su marido, acariciándola temblando.

Entre sus alucinaciones más porfiadas, hubo un antropoide, apoyado en la alfombra sobre los dedos, que tenía fijos en ella los ojos.

Los médicos volvieron inútilmente. Había allí delante de ellos una vida que se acababa, desangrándose día a día, hora a hora, sin saber absolutamente cómo. En la última consulta Alicia yacía en estupor mientras ellos la pulsaban, pasándose de uno a otro la muñeca inerte. La observaron largo rato en silencio y siguieron al comedor.

—Pst... —se encogió de hombros desalentado su médico—. Es un caso serio... poco hay que hacer...

—¡Sólo eso me faltaba! —resopló Jordán. Y tamborileó bruscamente sobre la mesa.

Alicia fue extinguiéndose en su delirio de anemia, agravado de tarde, pero que remitía siempre en las primeras horas. Durante el día no avanzaba su enfermedad, pero cada mañana amanecía lívida, en síncope casi. Parecía que únicamente de noche se le fuera la vida en nuevas alas de sangre. Tenía siempre al despertar la sensación de estar desplomada en la cama con un millón de kilos encima. Desde el tercer día este hundimiento no la abandonó más. Apenas podía mover la cabeza. No quiso que le tocaran la cama, ni aún que le arreglaran el almohadón. Sus terrores crepusculares avanzaron en forma de monstruos que se arrastraban hasta la cama y trepaban dificultosamente por la colcha.

Perdió luego el conocimiento. Los dos días finales deliró sin cesar a media voz. Las luces continuaban fúnebremente encendidas en el dormitorio y la sala. En el silencio agónico de la casa, no se oía más que el delirio monótono que salía de la cama, y el rumor ahogado de los eternos pasos de Jordán.

Murió, por fin. La sirvienta, que entró después a deshacer la cama, sola ya, miró un rato extrañada el almohadón.

—¡Señor! —llamó a Jordán en voz baja—. En el almohadón hay manchas que parecen de sangre.

Jordán se acercó rápidamente Y se dobló a su vez. Efectivamente, sobre la funda, a ambos lados dél hueco que había dejado la cabeza de Alicia, se veían manchitas oscuras.

—Parecen picaduras —murmuró la sirvienta después de un rato de inmóvil observación.

—Levántelo a la luz —le dijo Jordán.

La sirvienta lo levantó, pero enseguida lo dejó caer, y se quedó mirando a aquél, lívida y temblando. Sin saber por qué, Jordán sintió que los cabellos se le erizaban.

—¿Qué hay?—murmuró con la voz ronca.

—Pesa mucho —articuló la sirvienta, sin dejar de temblar.

Jordán lo levantó; pesaba extraordinariamente. Salieron con él, y sobre la mesa del comedor Jordán cortó funda y envoltura de un tajo. Las plumas superiores volaron, y la sirvienta dio un grito de horror con toda la boca abierta, llevándose las manos crispadas a los bandós: —sobre el fondo, entre las plumas, moviendo lentamente las patas velludas, había un animal monstruoso, una bola viviente y viscosa. Estaba tan hinchado que apenas se le pronunciaba la boca.

Noche a noche, desde que Alicia había caído en cama, había aplicado sigilosamente su boca —su trompa, mejor dicho— a las sienes de aquélla, chupándole la sangre. La picadura era casi imperceptible. La remoción diaria del almohadón habría impedido sin duda su desarrollo, pero desde que la joven no pudo moverse, la succión fue vertiginosa. En cinco días, en cinco noches, había vaciado a Alicia.

Estos parásitos de las aves, diminutos en el medio habitual, llegan a adquirir en ciertas condiciones proporciones enormes. La sangre humana parece serles particularmente favorable, y no es raro hallarlos en los almohadones de plumas.

Tuesday, February 15, 2011

Les pido disculpas a todos los amigos que me mandaron mensajes o dejaron comentarios aquí en el Corral, la falta de no haberles contestado es grande, pero como podrán leer en la nota anterior, el Tordillo andaba con las banderas a media asta.

A Valeria, JJ, Conucho, Claudio, Cocona, Néstor, el Dire, los Duran y a todos los que se me quedan en el tintero, les garantizo que no se repetirá, el saber que Uds. siempre andan cerca de la portera del corral me anima y me alegra.

Un abrazo fuerte para todos…El Tordillo

Por suerte salió el sol.-




Los meses de invierno aquí en el norte, son largos, oscuros, fríos, deprimentes. En general, no me molestan, ya llevo más de cuarenta vividos aquí, siempre he disfrutado del invierno y sus fríos, sin sufrirlos mucho y sin pensar demasiado en la oscuridad que generalmente nos rodea, pero este invierno ha sido diferente, no sé si fue el clima o si soy yo, que ya empecé a acusar la acumulación de tiempo y dolores. A decir verdad hay días que tengo más dolores que España.

Ya hace más de un año que no visito mi querida Florida, esto, junto con la ausencia del sol por más de dos meses, me traía a mal traer, pero hoy desde temprano, por mi ventana aparecieron los rayos de un sol brillante que me dieron una inyección de vida.


A medida que pasan los años, me doy cuenta que me afectan más las cosas que me rodean. Siempre fui del tipo de personas que viví creando mis propias circunstancias y no deje que lo exterior me cambiara o me llevara a unirme a las hordas de pesimistas que pululan por el mundo.


Esta nota de hoy, es un pequeño “mea culpa” y un llamado a mi mismo para volver a ser lo que soy, nada más ni nada menos. No me puedo permitir que los cambios climáticos me afecten, porque siempre fui un firme convencido de que el sol sale desde adentro.

Hoy se terminaron las dudas, las oscuridades, los por si acasos, hoy comienza una nueva etapa, tanto comercial como socialmente, hoy renace el Tordillo…porque hoy adentro y afuera… salió el sol.-

Thursday, January 27, 2011

Gracias Sebinamar.

Sebinamar es un hombre de Florida, al que no conozco, pero con algo que escribió en su blog, me despertó de la modorra que me aquejaba hace tiempo y me hizo volver a este corral. Visitenlo que esta muy interesante.
http://sebihttp://sebinamar-iresblog.blogspot.com

Historias cortitas/ "Conpermiso".-

Recién llegado al pago y con ganas de ver campo, cargue unas cacharpas en la valija del auto y salí rumbeando para visitar la zona del arroyo Timote. Las ruinas del saladero y los espesos montes nativos del área, siempre me traen recuerdos de otras épocas, de aventuras vividas en esas costas, de capinchos, pescas, tiros, matrereadas y sustos. Al llegar al lugar, como siempre lo primero que hice fue ganarme para el lado de las ruinas y caminarlas despacio, como buscando un tesoro, los viejos muros me invitaban a la reflexión, al recuerdo, a la busca de verdades viejas, que después cambie por realidades nuevas. De a poco rumbee para el rio, donde el monte todavía muy natural, me puso un poncho de sombra fresca en el cuerpo y un aroma de nostalgias en el alma.

Mi lugar preferido para armar campamento, es mismo abajo del puente, al cobijo del viento y la lluvia, donde pesco poco o mucho pero me siento como en casa, desde la orilla del monte mire para el puente y vi que ya tenía inquilino, pero la figura la figura que se movía cerca de los caballos me pareció conocida y los dos pingos también.

“Buenas tardes, viejo amigo… ¿le molesta si me acerco?” grite al acercarme.

“Acérquese nomas, Tordillo, hacia tiempo que no nos cruzábamos por estos caminos de Dios”.

Don Armenio Morales, ya tenía el fuego prendido, los caballos atados y el mate pronto, sobre una piedra se oreaba un pedazo de capón, que esperaba su destino sobre las brasas.

”Anda con dos caballos, se ve que va en busca de una tropa…”

“No mi amigo, ando de vacaciones, como Ud. sabe hace años que estoy de casero en un campito chico, por allá por Reboledo, y como a Ud. por allá por el norte, hay veces que los alambrados y las camas con colchones nos hacen sentir prisioneros, añoro los tiempos de tropeadas y leguas recorridas. Así que me estoy haciendo el turista, le pedí unos días al patrón y salí a recorrer un poco”.

“¿Y para donde va?”

“Ud. conoció al Purrete Melgarejo”

“Por supuesto, en los pagos de Polanco del Yi”

“El mismo, bueno para esos lados voy, a tomarme unas cañitas con el hombre y visitar viejos amigos”

“Qué lindo viaje, que lastima que no lo pueda acompañar, pero es un trecho largo y por lo que se, los caminos por ahí están destrozados, tengo miedo que el auto me deje de a pie”

“No tan así, a caballo y “Conpermiso”, son más o menos unas ocho leguas, puede dejar el auto por aquí, vamos hasta lo de los Fleitas, allá en el bajo, dejamos el auto, le pedimos un recado prestado para el zaino y nos tomamos unas vacaciones juntos”

Le costó poco convencerme, tomamos mate, comimos, le dimos unos besos a una de tres litros de tinto. Con el sol recién refregándose los ojos, después de unos amargos, ya estábamos en las porteras de los Fleitas, saludos, explicaciones, auto para un galpón, zaino ensillado con recado prestado. Todo un remolino de efectividad y pocas palabras, el vecino nos despidió al mismo tiempo que nos daba un hatijo de arpillera con un buen pedazo de capón y tres chorizos de su última faena.

Desde el caballo le dimos la mano, y comulgamos con un trago de grapamiel, de la botellita que yo llevaba en mi chaleco.

En vez de salir para el camino, Don Armenio rumbeo para el corazón del campo, destino noroeste, sin brújala, pero un conocimiento instintivo de los puntos cardinales solo comparable con el de los pájaros.
Montes de eucaliptus, arroyos, cañadas, pedregales, arboles solitarios, tajamares, ranchos y cascos de estancias, todo servía como punto de referencia, “Conpermiso”, gritaba el hombre con respeto y reverencia, cada vez que abría una portera que nos llevaba a los campos ajenos que nos servían para cortar camino rumbo a Polanco. Hicimos unas cuatro leguas sin ver gente, al tranco, casi sin hablar, los animales nos ignoraban como si fuéramos parte del paisaje natural, a lo lejos veíamos las casas de los habitantes de la zona… cerca de la caída del sol, un montecito de talitas, refugio de las ovejas, nos abrió sus brazos para que preparáramos donde descansar y comer. Un paisano que nos había visto de lejos, se acerco, los dos gauchos se dieron un fuerte apretón de manos…

“Como anda Don Garín, le grite el “Conpermiso” al abrir la portera que viene de lo de Torres, pero como no sentí respuesta, me tome el atrevimiento de entrar y trotear su campo” explico Morales.
“Que alegría, hacía tiempo que no se le veía cruzar por acá, bienvenido, si no se va arrimar a las casas, déjeme que vuelvo en un rato, voy a agarrar uno de esos capones, carneamos para la cena y después proseamos un rato” respondió Garín.

“No se moleste, bájese nomas, que ya vamos a preparar el mate, carne tenemos en las maletas, acá mi amigo, el Tordillo Pintos, también trajo unas galletas de lo de Castellini, y si lo conozco bien, capaz que hasta algún litro de tinto se le coló en la maleta, déjenos ser sus anfitriones , ya que Ud. pone el campo”

Hablaron de tiempos viejos, de tropas, sequias, inundaciones, muertos y vivos. De mi abuelo Aniceto que había esquilado en la zona, de mi padre, que había andado de mercachifle por estos pagos, no había tema en el que no tuvieran algo en común.

Yo escuchaba y disfrutaba sin casi intervenir, esa noche aprendí sobre nuestra gente de campo, más de lo que podía haber imaginado, la tardecita se hizo noche, la noche le golpeo las puertas a la madrugada, ahí fue donde Don Garín decidió que tenía que rumbear para las casas para atender las tareas. Se despidió, monto, desde el caballo me dio el “permiso” para cruzar sus campos cuando fuera y con quien fuera.

Toda la mañana anduvimos cerca del montecito, bajamos hasta un arroyo, una tararira medianita que pesque al apuro, termino panza arriba en la parrilla, después del almuerzo, una siesta a la sombra encontró a Don Morales de sorpresa y lo tumbo por varias horas, para recuperar la noche. Era evidente que no tenia apuro ninguno y estaba disfrutando de sus vacaciones, yo le seguía el paso, le respondía cuando me hablaba o le escuchaba cuando se explayaba, sin interrumpirlo, disfrutando de sus largas historias o tratando de interpretar sus profundos e interminables silencios.

De madrugada cuando me desperté, los caballos ya estaban cerca y prontos para ensillar, el agua caliente para el mate, el último pedazo de capón chisporroteaba sobre las brasas. Don Armenio sentado sobre una piedra, un poco alejado, miraba hacia el campo abierto, como si estuviera mirando su pasado, perdido en sus pensamientos parecía una estatua de Rodin.

Después de desayunar opíparamente, seguimos recorriendo distancias, la nochecita nos iba a encontrar frente al mostrador del Purrete…

Dos días deambulamos por esos pagos, recorriendo los ranchos de los amigos en Polanco, acampados en los predios de la feria rural, remojándonos en el rio, Don Armenio decidió con unos paisanos amigos, el seguir hasta el Carmen, para volver con una tropa que había que llevar a la rural de Florida.

Por mi parte, aunque fui invitado, decidí dejarlo disfrutar de sus vacaciones y emprender mi regreso. El zaino ensillado me esperaba en el palenque del boliche, compre unas galletas, una pierna de capón, unos chorizos secos, dos litros de tinto, medio quilo de yerba, rellene la petaca de grapamiel y me despedí de los parroquianos.

Don Armenio me esperaba junto al caballo, me encomendó a seguir la misma ruta, sin cambios, me dio los nombres de algunos lugareños de la ruta, que no dudara en usar su nombre al cruzar los campos, que el zaino lo largara en el campo de Fleitas, devolviera el recado y les avisara que el volvería en unos días a verlos.

El “hasta la próxima”, fue muy emotivo, esta vez el fuerte apretón de mano se complemento con un fuerte abrazo, “porque uno nunca sabe si se vuelve a ver”, me dijo con mucho sentimiento, me prestó todos sus “Conpermisos” y me señalo el rumbo hacia la primera portera.

El Tordillo




Thursday, January 6, 2011

Los Reyes Magos me trajeron...


Después de un mes muy intenso, en el cual casi ni me acerque a la puerta del corral, los Reyes Magos me trajeron de vuelta. Desde principios de Diciembre mis tareas, no solo que me mantuvieron muy ocupado, sino que me mantuvieron totalmente olvidado de mis rutinas y necesidades espirituales.

Para mí el escribir ha sido siempre una terapia, una cura para la nostalgia y para contrarrestar esa enfermedad que me afecta hace ya más de cuarenta años. Aunque a muchos les cuesta creerlo, yo extraño a mi familia en Uruguay, extraño mi Florida, mis amigos y sus uruguayeces, todos los días del año, me podrán decir que después de unos años de estar en el exterior uno se acostumbra y deja de extrañar, yo le digo que para mí los primeros 40 años han sido difíciles, no pasa un día en que los recuerdos y la nostalgia, no me golpeen a la puerta.

Ojo!, no soy un desubicado que no está contento donde está, por el contrario, disfruto mucho de la vida que se vive en Canadá, me encanta lo que hago en el día a día, para ganarme un buen pasar, me divierto tanto en el calor del verano como en las nevadas y frías caminatas de invierno, el clima no me molesta, puedo decir que soy tan canadiense en mi forma de vivir, como uno que nació aquí, pero…

Sufro de la condena del emigrante, los que han salido de nuestra querida patria, saben de lo que hablo, porque la mayoría lo sienten o lo han sentido.

Acá, en Toronto, la época de las fiestas es hermosa, luces, nieve, todas las casas adornadas, desfiles navideños, centros de compra abarrotados de artículos y gente, música, alegría por todos lados. Es verdaderamente contagioso, es una de las mejores épocas del año, el fin de año y el año nuevo se celebran con algarabía, entre familia y amigos, en realidad no falta nada, más bien sobra todo.

Tengo la suerte de tener una hermosa familia que me entiende y me aguanta, y un grupo de amigos que sabiendo de mis dolencias, no se ríen mucho de mí, sino que hasta parece que disfrutan con mis recuerdos y anécdotas, que son también las de ellos.

Por todo eso que les cuento, Diciembre se paso volando, pero hoy 6 de Enero, los Reyes Magos me trajeron… de vuelta. 

Hoy mentalmente estoy en Florida.


Feliz Año Nuevo, que sea prospero y lleno de salud para todos.

El Tordillo

Thursday, December 23, 2010

Feliz Navidad.-


Llego esa época del año en que nos ponemos más nostálgicos que de costumbre, cuando pensamos que lindo que sería estar en la casa de los “viejos”, con los amigos, por las calles de los barrios que recorríamos años atrás…

Vuelven a la cabeza, la familia, primos cercanos y lejanos, lugares, tiempos, cuentos y momentos. Pensamos mas en lo que fue y menos en lo que es, por lo tanto este año los invito a todos a mirar a su alrededor, a hacer un inventario de lo que tienen, verán que el 90% de nosotros tenemos más de lo que creemos, vivimos mejor de lo que esperábamos, estamos rodeados de familia que nos ama, nos protege, nos acompaña, tenemos pasados hermosos y futuros prometedores.

A ese 90% los invito a que busquen la manera de hacer sentir mejor y de ayudar al otro 10%, que no ha tenido la suerte que hemos tenido nosotros.

A todos mis amigos, parientes, colegas y conocidos, los invito a sentirse mejor después de haber logrado que otro menos afortunado se sienta mejor. Quizás un regalito menos para los nuestros y uno más para los otros, sea la mejor forma… que esta Navidad tu espíritu se vea reflejado en el espejo de la caridad y la solidaridad.

Feliz Navidad y que todos vuestros deseos se cumplan con creces en el año venidero,que vuestras copas rebosen de felicidad, salud, amor, bienestar y por supuesto de vino.

El Tordillo

Saturday, December 11, 2010

La fuerza de la solidaridad.-



El Sr. Carlos Enciso, Intendente de Florida, nos envío esta fotos de la vista final de la escuela de Paso del Rey.


Friday, December 10, 2010

Eladio Dieste.(click aqui).-


ELADIO DIESTE. (Artigas, December 10, 1917 - Montevideo, July 29, 2000)


Fecha y Lugar de Nacimiento: 10 de diciembre de 1917, en el departamento de Artigas, Uruguay. -Altar Mayor de la Iglesia de Atlántida.



Nacionalidad: Uruguayo.

Estudios: Egresado de la Facultad de Ingeniería de la Universidad de la República, Uruguay en el año 1943



Wednesday, December 8, 2010

Recuperan escuela en Chilcas y Chingolas.- Click aqui.-




miércoles 8 de diciembre de 2010
Recuperan escuela en Chilcas y Chingolas
Por EMILIO MARTÍNEZ MURACCIOLE
Entre las 8 y las 18 horas de ayer, Chilcas y Chingolas recuperó su escuela. La imagen es propia de un programa norteamericano donde a una familia le destruyen y reconstruyen su vivienda en sólo algunas horas, una fórmula por demás efectiva para atrapar a un espectador que se conmueve con una obra tan loable como acelerada. La reconstrucción de ayer tuvo bastante de eso.
La escena dejaba ver al intendente y su comitiva con remeras y gorros blancos con la consigna "con la escuela de Chilcas construimos futuro". Pero no sólo a ellos, sino también a la maestra, los escolares, voluntarios, vecinos, e incluso los periodistas que asistieron a cubrir. Todos de blanco, con logo y consigna. En la platea, la suerte de cimiento en la que se basa la construcción, unos veinte trabajadores de la empresa Umissa, de remeras rojas, cascos y zapatos amarillos, armados de martillos, taladros, destornilladores y otras herramientas, levantaron a un ritmo vertiginoso una nueva figura sobre el horizonte, dejando colocado el techo cuando todavía faltaba bastante para que el sol comenzara a ocultarse. Instalación eléctrica y detalles quedaron para hoy.
La capilla y la policlínica, que no funcionan como tales "porque curas nunca vienen por acá y médico que atienda no hay", tal como contó la cocinera de la escuela, fueron las edificaciones que pasaron a tener un vecino enfrente. Entre la capilla y la policlínica, arriba de un aljibe, hay un cartel que anuncia desde el año pasado, que allí funciona también la escuela. La policlínica es chica y la iglesia se llueve. De todos modos, desde que ocurrió el incendio, la maestra Miriam Abreu se las arregló para dar clases allí.
Umissa aportó la edificación prefabricada, instalada junto a los obreros de la empresa, los cuales pertenecen a la Unión de Trabajadores del Metal y Ramas Afines (Untmra). Hubo aportes también del colegio Stella Maris, el diario El País, la Fundación Gallinal y fundamentalmente del Grupo Toronto de uruguayos residentes en Canadá, que en un asado benéfico realizado el pasado año recaudó más de 2.500 dólares para ayudar la reconstrucción. El Consejo Directivo Central (Codicen), que avaló la edificación, se sumó además con el aporte al BPS de los trabajadores que llevaron adelante la obra. La Intendencia de Florida fue el motor del proyecto, aportando además mano de obra y logística.
Carlos Enciso, que asumió en julio de este año y se tomó el asunto como ítem fundamental a resolver en su gestión, resaltó que la comunidad de la zona era la que se encontraba "desprotegida" ante la "inacción" de las esferas estatales que no consiguieron soluciones antes.

Diario LA REPÚBLICA

Saturday, December 4, 2010

Volvio Yo_Claudio... no se lo pierdan.- Click aqui.

sábado 27 de noviembre de 2010
SIEMPRE ESTOY LLEGANDO AUNQUE CREAN QUE NUNCA VOLVERÉ

A LOS MILLONES QUE RECLAMABAN MI REGRESO... EL TORDILLO Y NOVECIENTOS NOVENTA Y NUEVE MIL MAS , JE.
AQUÍ ESTOY... NO SE DÓNDE EXACTAMENTE PERO ES "AQUÍ".
ASÍ QUE TENDRÁN QUE SOPORTARME O SIMPLEMENTE NO HACERLO.
A TÍ "TORDILLO", ABANDERADO DE LOS MILLONES DE SEGUIDORES DE ESTE MARAVILLOSO(MARAVILLOSO? MMM) BLOG TE DEDICO ESTA REENTRADA UN POCO BURDA O BÁSICA SI PREFIERES...LO CUÁL DEMUESTRA QUE MI ESTILO NO HA CAMBIADO A PESAR DEL PASO DEL TIEMPO.
POR CIERTO PICANDO EN EL TÍTULO, UN TEMA QUE VALE LA PENA.
HASTA LA PRÓXIMA.
YO_CLAUDIO

Wednesday, December 1, 2010

La Sonrisa de Lucia.-

(por Graciela Mantero)

Algo está pendiente. Lucía decide llamar. Levanta el tubo de color café con su mano izquierda, acercando el dedo índice tembloroso a las teclas del teléfono. Ayer por fin consiguió después de tanto buscar, la dirección y el número. ”Es tarde” piensa, ‘’hay tres horas de diferencia, mejor me comunico mañana’’. Vuelve a dejar el auricular sobre el aparato telefónico. Camina en dirección a la sala y se sienta en el sillón de paño color gris, que tiene gastadas las posaderas. Extiende sus manos hasta tomar entre ellas, el almohadón que se encuentra en el costado derecho del sofá. Lo acomoda detrás de su cabellera dorada, y agenda con su mente lo que hará a la siguiente mañana. Tiene cita con el doctor muy temprano. Cuando regrese a la casa lo llamará por teléfono. Se levanta rápido, apaga la luz y va hacia la cocina. Calla el silbido agudo de la caldera; el agua caliente está lista. Se prepara un té, esta vez elige la caja verde de sabor a tilo, con propiedades calmantes. Coloca el sobre dentro de la taza de vidrio acaramelada, pone una cucharita de azúcar y deja caer el agua caliente burbujeante. Abre la nevera y saca la caja de leche descremada para poner un poco en el pocillo. Se sienta y muy despacio bebe el relajante natural. ”Tilo con leche, bueno para conseguir el sueño”, se dice sin mover los labios.

----Ahora sí, a dormir- dice en el silencio de la casa. Sólo las paredes escuchan.
Se levanta, lava la taza, la cuchara y el platillo. Apaga la luz de la cocina y se dirige al dormitorio. Lista para acostarse, se desviste sin prisa. Dobla la falda negra que cubre sus piernas hasta los tobillos, la coloca sobre la silla al costado de la cama. Así se despoja de las prendas que la visten hasta quedar desnuda. El espejo de la cómoda refleja la imagen de Lucía. Ella se acerca y reconoce con su mirada el cuerpo de esta otra que no oculta las huellas de su enfermedad. Estira su mano y choca con la mano fría que está al otro lado del espejo. Se observan calladas y luego se retiran cada cual para su mundo. Lucía se pone el camisón de encaje color rosa y se introduce en la cama. Gracias al tilo, entra en un profundo sueño.

La despierta el radio despertador con un clásico de Federico Chopin.
Recuerda la cita con el médico. Se levanta rápidamente y se dirige a ducharse. Antes, busca el jabón de glicerina que compró en una tienda de artículos naturales. La lluvia del duchero moja su rostro aún dormido. Se arropa con un vestido floreado de falda larga y sale. A las ocho menos cuarto está en la sala del consultorio y es llamada por la recepcionista. El doctor la atiende y después de revisarla, le da la receta para el medicamento.

Sale de la clínica con la prescripción en la mano. Dirigiéndose a la farmacia, va respirando el aire fresco de la mañana. Cruza la plaza que está vestida de palomas y aromas de azucenas. Las visitantes mañaneras, en busca de migajas, se le interponen en su camino. Por un momento afloran en su mente los recuerdos, aquéllos que la perturban desde que estuvo en el hospital. Lucía se detiene. Una piedra se le ha metido entre la planta del pie y la suela de la sandalia. Ve un banco de madera marrón con patas de hierro forjado, se sienta para sacar la molesta invasora.

Reposa un momento, y decide embriagarse de brisa pura de primavera, que hace tiempo no disfruta. ’’ Tengo que recuperar el tiempo perdido’’, piensa.

Se detiene a observar el entorno pintado con soldados silenciosos. Algunos con miradas tristes y rencorosas, otros distantes que ni siquiera ocultan su desinterés por los vagabundos que duermen en los bancos de la plaza. Ella sigue con la mirada a la poca gente que sonríe, como queriendo adivinar la razón de su alegría.

Le viene a la mente el recuerdo de Agustín, cuando en la Universidad se graduó de escribana. Él prefería que fuera abogada.
‘’Algún día tendrás que ayudarnos a mí y a mis compañeros de Ciencias Políticas’’- le dice sonriendo. Ve sus ojos color miel y su mirada tierna. La imagen de él la acompaña todos los días. ’’¡Cuánta falta me haces, Agustín!”.

Hace varios años que fue liberada. A pesar de la ‘’libertad’’ que vive el Uruguay, la mayoría de los ciudadanos están tristes, al igual que la tristeza y culpa que acongojan su corazón. Lucía estaba repartiendo panfletos en una manifestación relámpago cuando la aprehenden. No sabe nada de sus compañeros. ‘’ ¿Qué dirán ellos si les digo la verdad?’’, se pregunta en silencio.

Lucía, con treinta años, se siente cansada, cansada de arrastrar con su culpa, pese a que no habló. Aprieta la receta con la mano como descargando la rabia. Su cabello se ondula con el pasar del viento. Sentada, frota su pierna izquierda que no se deja ver; suele mantener ocultas sus extremidades inferiores. Le da pena que la vean. Se pone de pie y sigue su camino. Al final de la plaza, encuentra una iglesia de estructura vieja, con una puerta negra de hierro que le trae a la memoria el cautiverio.

Sabe que no va a soportar. Está prohibido hablar y moverse. Sólo se escuchan silenciosos gemidos. Parada entre la pared de cemento y los barrotes de hierro, siente en el frío de éstos, el dolor de su brazo derecho. Recorre las manchas que imagina dispersas en diferentes partes del cuerpo. Ya no resiste el plantón, las piernas se van aflojando.

--- ¡Firme, carajo!- escucha a lo lejos.
Hace un esfuerzo y vuelve a enderezar sus piernas, que están siendo invadidas por un ejército de hormigas invisibles. Los dedos gordos y los talones parecen haber desaparecido del cuerpo. Siente el avance sin tregua del cosquilleo que sube hasta la rodilla. En la oscuridad, confunde el transcurso del tiempo. Lucía calcula que pasaron ya varios días, pero realidad no tiene noción.
--- ¡Ay! No más- estalla un grito de mujer en el silencio.
---Habla, perra hija de puta, replica una voz gruesa y profunda.
Lucía siente el mudo resonar de sus huesos. Sus manos de hielo tratan de contener un hilo tibio que cae entre sus piernas. Oye carcajadas. Se va enrojeciendo de una vergüenza impotente y llena de rabia.
---Por comunista te pasa. Dentro de un rato vas a saber lo que es bueno, le advierte uno.

Se concentra en pensar que no hablará. Resiste el dolor; intuye lo que le espera. Escucha que alguien se aproxima en dirección a ella, todo lo percibe e imagina. Su rosto está cubierto por un lienzo ajustado que la asfixia y sus manos atadas por delante. Se abre una puerta chillona, y un bulto choca contra sus pies desnudos.
---Ahí tenés compañía. Pedíle que te cuente cómo disfrutó cuando vuelva en sí- dice la voz, cuyo rostro, ella dibuja en su mente. Lo imagina no muy mayor, con ojos negros. Boca de labios finos como hechos con el filo de un cuchillo.

Escucha unas llaves que se rozan y cierran una puerta, pasos que se alejan. Luego un silencio. ‘’Se fueron’’, piensa y siente un alivio, a pesar de los dolores de su cuerpo. Se agacha y trata de reconocer el bulto que tiene al costado de su pierna. Con la mano que apenas puede movilizar, descubre que se trata de una mujer. El tacto de sus dedos le habla de una piel suave, de cabello no muy largo y algo rizado. De repente, una mano temblorosa busca algo a qué aferrarse. Encuentra la mano izquierda de Lucía que se halla tratando de armar aquel rostro.
---Tranquila, que se fueron- le notifica, y continúa ¿Cómo te llamas?
---Ana- contesta.

Lucía trata de ayudarla, pero su cuerpo se lo impide. Ella también se encuentra débil. Decide sentarse a su lado. Sus manos se confunden en un mismo dolor. Ana no desea contar lo que le sucedió, sabe que Lucía va a pasar por lo mismo.
Cansadas quedan dormitando, su respaldo de cemento las mantiene erguidas. Lucía en su sueño recuerda la plaza llena de militantes con disimulados paquetes de panfletos, prontos para volantear. El ambiente tenso se intuye, hasta que se rompe con los gritos y las consignas. Espera la señal y sale caminando hasta que la rodean y le quitan la propaganda que la delata. ’’¿Cómo no los vi?’’. Es tiempo de callar ideas, pero la militancia sigue en clandestinidad.

Un ruido de pasos se aproxima. Lucía dormita todavía.
---Vení vos ahora- le grita fuerte una voz que abre la puerta.
- Y mejor cantá lo que sepas.

La toma del brazo y la levanta bruscamente. Ella siente que el brazo se le va a partir, el dolor de los golpes recibidos se profundizan más aún. Otra puerta se abre. Percibe la respiración y el aroma de colonia. Es despojada de la ropa que la cubre, su pantalón blanco con rastros de orín, la blusa de seda que está manchada de sangre y huele a transpiración. Las manchas rojas escamosas son visibles en el cuerpo desnudo de Lucía. La tiran en una parrilla, le atan las manos y pies.

Avergonzada siente el nido de alambre en su espalda. Los verdugos no le prestan atención a su enfermedad. Disfrutan acariciando con sus miradas las caderas desnudas de Lucía. ’’ No voy hablar’’, se repite, mordiéndose los labios hasta sangrar.
Los choques eléctricos de la picana que le introducen bruscamente en el ano, le producen espasmos repentinos. Gritos desesperados escapan de su boca, a pesar del esfuerzo que hace para mantenerla bien cerrada.

Al cabo de una hora yace desmayada en su lecho de alambre. Un inesperado chapuzón de agua la despierta. La capucha mojada delinea sus facciones. Se vuele abrir una puerta.
---¿Cantó la pajarita?- pregunta.
---Hasta ahora no, mi General- contesta el guardia.
---Pues ahora va a cantar- afirma el General, sacándose la chaqueta de galones y poniéndola sobre la silla negra de madera que se encuentra detrás del escritorio.
La luz es escasa, solamente una lámpara ilumina el infierno de la oficina. Una radio está prendida, y su volumen es alterado por el guardia, cuando la desesperación es irresistible. La mano del General comienza a recorrer los pechos ásperos de Lucía. Recorre lugares íntimos tratando de humillar la presa; un juego tendencioso que suele terminar en violación. Ella sabe lo que viene después del manoseo. La mano transita despacio por su abdomen hasta que nota que esa piel era diferente a otras. Introduce el dedo anular en la vagina de Lucía hasta hacer contraer las membranas. El General, refriega la bragueta del pantalón sobre la mano de Lucía que sobresale de la parrilla. Aprieta el seno diestro de ella, y ahora nota con más claridad las ronchas escamosas de la piel.
--- ¿Qué tienes en la piel? - pregunta intrigado.
Lucía no le contesta.
---Habla, perra- ordena el General y manda aplicar otro picanazo.
--- ¡Lepra, mal parido!- expulsa un grito de rebeldía.
---¿Lepra? ¡Imbéciles! ¿no sabían que era sarnosa? - pregunta el General, separándose del desnudo cuerpo.
-Saquen de aquí a esta mujer.

Humillada y llena de moretones que no puede ver, la envuelve un alivio apacible. La devuelven a la celda, pero ya nadie la toma del brazo.
--- ¡Comunista y leprosa!- oye decir.

Al cabo de algún tiempo vienen a buscarle, le tiran una manta para que se cubra y le ordenan que camine. La hacen subir a un auto. Es evidente que todos le tienen temor.
Las campanas de la iglesia tocan las nueve. Un revolotear de palomas la regresa a donde está, camino a la farmacia. Con la receta arrugada en su mano derecha, recuerda el rostro de Ana, ése que nunca pudo ver. La farmacia está vacía. Entrega lo prescripto por el médico, pero antes lo alisa con sus manos. Lucía retoma su viaje al pasado, mientras espera que le entreguen el remedio.
‘’ ¿Qué será del Doctor Saavedra?’’, silenciosa se pregunta.

El hospital militar donde la llevan en carácter de presa es atendido por un dermatólogo que es especialista en lepra, el Dr. Saavedra. Alto y de nariz aguileña. Enzo, como todos los enfermos lo llaman, se siente cada vez más arrepentido de trabajar en el hospital. No por los pacientes que tiene que atender, pues en general sus padecimientos reafirman más su vocación; sino porque es difícil ver y callar las injusticias. Hay indicios en la piel de extrema violencia, pero a él, le está prohibido hablar.
--- ¿Otra enferma?-dice con un acento suave.
---Tiene lepra, doctor.
Lucía oye cerrar la puerta. Enzo desata la bolsa de tela que le cubre la cabeza y las cuerdas de las manos.
--- ¿Cómo te llamas?- pregunta.
Sólo ve una nube blanca. Se refriega los ojos, que siente quemar por la luz. Los párpados hinchados le hacen más difícil poder recuperar la visión.
---Lucía me llamo. ¿Dónde estoy?
---Acuéstate en la camilla- le dice, y se aproxima a examinarla.”¡Que horror!’’, piensa.
Coloca los guantes de látex en sus manos finas y avanza entre las ronchas escamosas, que se mezclan con el evidente maltrato. Se detiene en la axila derecha, observa un bulto que merece unos minutos de atención. Se quita los lentes, que tiene uno de sus cristales rayados, y mira a Lucía. La recíproca mirada de piedad de ella se cruza con la de él. Saavedra se conmueve.

Ya le es habitual ver desfilar personas con las mismas marcas y miradas de Lucía. Cuando se los traen, algunas palabras de reproche salen de sus labios. Un militar de cargo le hace una advertencia que Enzo toma muy en serio.
Llena la ficha y escribe ‘’Leprosis en estado precoz’’, y ordena un tratamiento.

Los oficiales dejan de molestarla, y el martirio de culpabilidad empieza a perseguirla. ‘’No debí abandonarlos’’, y recrimina los dos años que pasa en cautiverio. Piensa en sus compañeros de militancia, la tortura física que están soportando. A veces cruza sonrisas de complicidad con el Doctor Saavedra, pero nunca hablan.

La túnica blanca que se le aproxima le recuerda a él.
---La medicina está lista, dos aplicaciones por día – indica el farmacéutico. Dígale a su doctor que salió un remedio nuevo para su enfermedad.
---Le diré, gracias. Y emprende su viaje hacia la casa.

En el trayecto vuelve el recuerdo. La imagen de Agustín que está desaparecido pesa en aquella mentira.”¿Qué hicieron con él?”. Sacude la cabeza, quiere sacar de su mente lo vivido.

Algo está pendiente en la vida de Lucía. Algo que necesita realizar. Ansiosa de comunicarse con él, apresura el caminar. Abre la puerta de su casa y se dirige a concretar el llamado. En Canadá suena el teléfono y él intuye, sin saber por qué, esta llamada es importante. Enzo tuvo que pedir refugio político y vive en la ciudad de Toronto desde hace algún tiempo. Su encubrimiento peligroso lo llevó a esta situación. Nunca se arrepiente de lo hecho.

Lucia juega nerviosamente con el cable, hace garabatos con la lapicera en la libreta de anotar. El timbre suena insistente, al otro lado, alguien contesta.
---Hello –Ella reconoce la misma voz con acento suave. Sonríe al recordar al frustrado violador.
---¿Se encuentra el Dr.Saveedra?
--- Sí, él habla. ¿Con quién tengo el gusto?
---Lucía, doctor.

Enzo, del otro lado del teléfono sonríe con satisfacción. Recuerda la dermatosis crónica, en el cuerpo maltratado de la joven muchacha. Las miradas cómplices que cruzan, la psoriasis que cambia la vida de los dos.