Un lugar donde un hombre de Florida (Uruguay), la capital de la Piedra Alta, cuenta de todo un poco, sobre su pueblo, su vida, sus viajes, su familia y más que nada, sobre su Florida natal. Tambien mucho sobre mi querido Camino de Santiago.
Sunday, July 26, 2015
Wednesday, June 17, 2015
Thursday, March 19, 2015
Un Calvario, rumbo a Almaden de la Plata.
Septiembre 1ro.,2014.-
Salir de Castilblanco de los Arroyos temprano fue difícil, hasta las dos o tres de la madrugada, un grupo de muchachos locales, hicieron campamento en un pequeño parque junto al albergue, la radio de unos de los autos brindaba música continua a volúmenes tan alto que se sentía la vibración de los parlantes en las camas. Para amenizar cada poco explotaban una bomba de estruendo que hacía temblar todo el edificio. La hospitalera, una chica francesa, que recién había llegado al albergue y a España la noche anterior, trato en su pobre español de comunicarse con la policía, para que enviaran a alguien a ocuparse de la situación… pasaron las horas y no hubo respuesta ni quien pudiera dormir.
Las luces
de la mañana me encontraron mochila al hombro y somnoliento caminando rumbo a Almadén
de la Plata. Lamentablemente, los primeros 15 km. se hacen al costado de la
carretera, donde la única constante es el tránsito de vehículos pesados a altas
velocidades. Hay momentos en que da miedo y a pesar de que los alrededores son
hermosos, uno pasa más tiempo cuidándose de no ser atropellado que disfrutando.
De apoco se
va ascendiendo, las dos tres grandes propiedades al costado del camino, esta
pobladas de vacunos que con total tranquilidad se alimentan como por inercia,
también unos toros de lidia, muestran sus poderosos cuerpos mientras que el
pasar desde el otro lado del alambrado, me miran sin inmutarse, pero con su
vista viva y feroz como marcando su territorio. La belleza de esas imágenes me
hace olvidar por momentos, la monotonía de la carretera.
Al llegar a la entrada al Parque Natural de los Berrocales, se abre un mundo y un Camino nuevo. Aquí se terminan las preocupaciones y empiezan los amplios paisajes de dehesas, el terreno ondulado, animales sueltos que se ven fuertes y saludables. Las arboledas brindan una sombra acogedora para los peregrinos que ya a esta altura comenzamos a ralentizar el paso, para disfrutar a lleno la naturaleza que nos rodea.
El camino
serpentea y brinda vistas maravillosas, yo, ya he recuperado el buen humor,
casi como meditando, me deslizo por las subidas y bajadas sin prestar atención
a nada en especial, pero absorbiendo todo lo que me rodea.
Estos son
los momentos más lindos del Camino, de a poco comienzo a visitar mi interior,
ya que la paz que me rodea, me invita a la reflexión interior, como sonámbulo,
mis ojos se pasean por el paisaje mientras mi mente se regocija hablándose a sí
misma, preguntas y repuesta se suceden a paso vertiginoso. Unos árboles me
recuerdan los montes de mi Florida natal y me llevan a recorrer, hoy, lugares
que me llenaron de alegría hace más de 40 años. Un hilo de agua, me lleva de
golpe hacia la Calzada casi seca, me revuelco en su arena y me baño de
nostalgia, con alegría…en ese momento soy extremadamente feliz y contento de
estar donde estoy.
La ascensión es brusca, justificando el nombre de
Calvario, en un tramo de poca distancia se ganan aceleradamente más de 250
metros de altura, con partes donde la verticalidad del peregrino se ve
amenazada.El
peregrino, debe curvar la espalda para darle un mejor punto de apoyo a la
mochila, clavar la bota en la tierra seca y suelta, prenderse como sanguijuela
al bordón. Todo esto es necesario para llegar a la cumbre sin inconvenientes.
Yo, con mi mente y mi cuerpo totalmente abocado al esfuerzo, casi sin darme cuenta, me detuve, quería ver lo que había quedado atrás y abajo… el peso de la carga al enderezarme, me dio un fuerte tirón y comencé a perder el equilibrio, pero mi compañero de tantas aventuras, mi bordón, casi como con una mente propia, se clavo a fondo entre las piedras y me salvo de un porrazo casi inminente.
Yo, con mi mente y mi cuerpo totalmente abocado al esfuerzo, casi sin darme cuenta, me detuve, quería ver lo que había quedado atrás y abajo… el peso de la carga al enderezarme, me dio un fuerte tirón y comencé a perder el equilibrio, pero mi compañero de tantas aventuras, mi bordón, casi como con una mente propia, se clavo a fondo entre las piedras y me salvo de un porrazo casi inminente.
Al paso y
bufando llegue al mirador, desde donde me regocijé con un paisaje sin
comparaciones, 360 grados de alegría y luz, para el peregrino que encuentra en
esos momentos, la razón de ser del Camino.
Desde el
Calvario hasta Almadén de la Plata, es una bajada corta y peligrosa, pero el
poder ver desde la cima las primeras casas del pueblo, la hacen muy llevadera. A
la misma entrada del pueblo, me recibió una buena señora, que sentada en la
puerta de su casa, después de darme las indicaciones de donde encontrar todo lo
que le puede interesar a un peregrino, me obsequio un hermoso racimo de uvas frías
y dulces.
En una
fuente a pocos metros de su casa, me descalcé, introduje mis pies en el agua
fresca y a pleno sol, cansado pero satisfecho por la faena del día, me comí las
uvas, tome agua en abundancia y di gracias al Creador por los bienes recibidos.
Tuesday, March 17, 2015
Historia del capitán enamorado. Cuento de Jorge Llambias Cabrera.
Un amigo del alma y de todos los tiempos,
de esos que se jugaron el cuero cuando otros arrugamos, me envió esto y tengo
que publicarlo porque esta genial. Gracias Cabeza por el permiso para
reproducirlo y felicitaciones por el logro.
Con mucha emoción les cuento que en el día de ayer recibí la noticia de haber recibido la primera mención (por unanimidad) en el concurso de cuentos Nibia Sabalsagaray, Al pie de la parva, organizado por el Museo de la Memoria. Los premios serán entregadas en el museo el lunes 23 a las 17.30 hrs. El cuento con el que concursé se llama: "Historia del capitán enamorado" Abrazo a todos
Historia del capitán enamorado.
Habían pasado veinte años de la muerte de Adriana. Ese día el capitn se levantó un poco más temprano que de costumbre. Abrió el ropero y sacando el uniforme de gala lo tiró sobre la cama para limpiarlo. Una vez satisfecho comenzó a buscar la pomada y el cepillo para lustrar los zapatos. Molesto por no encontrarlo decidió usar el mismo cepillo de la ropa, una trasgresión al orden: total…, ya no lo iba a usar más.
Entró al baño con una parsimonia cual si estuviera ensayando una ceremonia de protocolo. Tenía pensado hasta los más mínimos detalles lo que haría ese día y repetía su pensamiento como si estuviera imitando una película ya vista. Nada podía ser improvisado, todo de acuerdo al plan trazado…, y a él no iban a hablarle de planes. ¿Quién más destacado en la lucha contra la subversión y el comunismo internacional? Sabía muy bien lo que era hacer planes y sabía que tenía los huevos bien puestos como para llevarlos a cabo una vez que se había decidido.
Entró en la ducha y graduó el agua caliente casi hasta quemarse. Necesitaba una limpieza profunda, sentir que los poros respiraban, purificarse… Se estaba preparando para dar el gran salto hacia la libertad y el amor, dedicaba a Adriana su último gesto e iba a partir en su busca. “¡Qué país éste, mi país!” pensó el capitán. Vivir rodeado de mierda en este Uruguay por el que había dado todo, por el que había luchado sin conocer límites… ¡La traición!..., de héroe, de pasar de ser el más güevudo del cuartel: a la nada. Primero fue el ascenso a mayor – que el nunca quiso reconocer ni utilizaba – luego el traslado, atrás de un escritorio a contar bolsas de harina y papas… Lo habían sacado de la troya.
Protestó por el cambio de destino, de tantas formas y tan mal que dio pie a que le dieran la baja luego de un arresto a rigor. Sintió como le arrancaban las charreteras – un cachetazo – y recordó bajo la ducha parte de las palabras que escuchó ese día: “hombres como él eran los que enchastraban el uniforme” Las lágrimas le corrían por el rostro; le hacía mal recordar la injusticia a la que había sido sometido. De golpe sintió que se estaba quemando pero en lugar de salir de la ducha abrió más la caliente para probarse a sí mismo que podía hacer todo lo que determinara. En ese momento pensó en Adriana, su amor: “también soportaré esto por ti, luz de mi corazón”
Antes de vestirse hizo el cuarto y luego de tender la cama tiró sobre ella una moneda a ver si rebotaba – recordando su época de cadete. Al no lograrlo la rehizo hasta que quedó impecable. La disciplina era el eje de su vida y el orden no debía ser transgredido ni siquiera en un día como ese que estaba viviendo. ¿Vería a Dios o al Diablo? Nunca había podido ser hombre de religión a pesar de haberlo intentado. ¿Estaría por ahí el Gran Hacedor como decía su padre? Juan José nunca pudo comprender como su viejo había sido masón, librepensador, que hasta había tenido un amigo que era bolche!!… Hacía años que se había peleado con él y fue por su causa que abrazó las armas… Ahora lo perdonaba, no quería irse enojado con quien lo había criado, amén de que estaba muerto hacía ya muchos años. Pensó un rato en él y se despidió con un: “que en paz descanses” para luego agregar: “nos vemos en un rato nomás”.
En su dormitorio no había nada más que hacer, así que fue al escritorio y tomando un block y un bolígrafo comenzó a escribir hasta en los más mínimos detalles todo lo relativo a su actuación militar en lo que atañía a la guerra antisubversiva. No omitía detalles – por más chicos que fueran – así como nombres de quienes lo habían acompañado en sus hazañas.
Siempre había sido un prodigio de memoria y ahora se mostraría como un buen escritor al redactar todo de forma tal que no hubiese ambigüedades ni mal entendidos. Todo de puño y letra, debía ser exacto y no debían quedar dudas de su autenticidad. Había muchos hijos de puta que andaban por ahí de carita linda que se iban a pisar las pelotas cuando se hiciera público su escrito. Todos esos compañeros de mierda que lo habían olvidado, que cuando precisaron de él siempre lo tuvieron a su lado – ¡por cuestiones castrenses, claro está, nunca en los chanchullos! – y que ahora eran coroneles, grado que le hubiera correspondido en la actualidad si no lo hubieran echado… Y ahora había quienes estaban investigando por los desaparecidos, por el plan Cóndor…
Tenía el as en la manga, los iba a joder a todos e iban a tener que dar la cara igual que él había hecho durante todos estos años en el barrio. Al andar por la calle lo acusaban, le decían de todo, a tal grado había llegado la cosa que desde hacía dos años compraba todo lo que necesitaba por teléfono sin salir de la casa. ¡Los iba a dejar a todos con el culo para arriba y que se la fueran a cobrar al infierno!
Al terminar de escribir firmó todas las hojas para reafirmar la veracidad del documento, se acercó al espejo y sosteniéndose la mirada se puso en posición de firme e hizo la venia. Contempló – no sin cierto regocijo – que estaba vestido de la forma más correcta; así quería irse. De repente se le nubló el semblante: recordó a Adriana y se le hizo un nudo en la garganta. Aún le dolía, o peor, cada día le dolía más. Y eso que tenía bien claro que había actuado como soldado y que no debería reprocharse nada. El capítulo de Adriana era el único que había omitido de sus partes de guerra.
Tenía para ello dos razones: una que se sentía involucrado afectivamente en algo muy personal y la otra era que no había nadie a quien pudiera cagar con el relato. Todo lo relacionado con Adriana había sido idea suya. Adriana había sido detenida por una unidad militar en setiembre de 1975. Fue vista por última vez por sus compañeras del cuartel en octubre de ese mismo año. Desapareció de esa unidad militar la noche de un sábado en un trasporte clandestino. En el parte de guardia figuraba como: “pase en comisión”. El capitán Juan José del Valle se encontraba de franco una noche en el cuartel, prefería la compañía de sus camaradas de armas a la de su esposa y suegra que vivía junto a ellos.
Estaba a punto de retirarse cuando un colega le dijo: “Andá a ver lo que hay en aquel calabozo: ¡que desperdicio! Una gurisa de diez y nueve años que se metió a colaborar con los subversivos. No tiene casi nada pero la voy a tener que mandar a juez igual… parece una modelo de la tele, ¡es impresionante!” Pinchado por la curiosidad Juan José fue al calabozo y al estar frente a ella le ordenó que se sacara la capucha: fue el comienzo del fin. Bajo la capucha había una cara de niña mujer, muy asustada. Unos ojos verdes y un pelo rubio que enmarcaba la cara y que pasaba los hombros. Era en verdad muy bonita, pero lo que más atrajo a Juan José fue su actitud de indefensión, de un miedo lindando con el terror.
Estaba pidiendo ayuda por todos los poros y por primera vez en su vida castrense el capitán sintió que se le movía el piso. Tras mirarla un rato le dijo: “quedate tranquila que no te va a pasar nada; si precisás algo pedí para hablar con el capitán Del Valle, ¿tá?” Sin esperar respuesta se dio vuelta y salió. Como integrante del comando de operaciones no le fue difícil saber la causa de detención: era una periférica que siguiendo los pasos de su compañero se había involucrado. Una pequeña colaboración que le costaría a lo más dos patadas en el culo y a la calle, seguro que con el susto se dejaría de joder con la revolución. Pasaron dos días y ni se acercó al calabozo, lo asustaba la debilidad que había tenido. Pero los destinos no están en manos de los hombres y se enteró que la parejita estaba “tapada”.
No eran un par de mosquitas muertas y comenzó a sentirse indignado como si hubiera sido él el destinatario de las mentiras. Ahí fue que pidió bolada. Lo primero que hizo fue interrogar al compañero de Adriana, con ella presente y sin capucha. Precisaba hacerle comprender que si se hacía la viva la iba a pasar mal. La verdad es que no fue un interrogatorio: pegó tanta piña y patada que en menos de diez minutos lo llevaron de urgencia al hospital. Cuando se lo llevaban se dio vuelta y apuntándole a ella con el dedo le gritó: ”¿viste lo que le pasó a tu macho?, si no cantás te vamos a coger por el culo todos los que estamos acá”.
Al salir dio órdenes al cabo para que la pusiera en “ablande”. Lo dijo fuerte para que ella escuchara y se fue al casino a tomar un whisky. Al volver, luego de una hora y tres whiskies, se encontró con que el cabo había desnudado a Adriana y le había atado las manos por la espalda. La misma cuerda pasaba por sobre una viga que había en el techo y sus pies apenas tocaban el piso. Ahora sí estaba encapuchada. Le ordenó al cabo que se retirara y quedó en contemplación de la mujer que pendía de la viga. A pesar de estar acostumbrado a ello la bajó de la colgadura, le desató las manos y ordenó que trajeran sus ropas y despacito la llevó hasta el calabozo.
Al quedarse solo con ella, en un tono que no se conocía y arrepentido de la orden dada al cabo le preguntó: “¿Te hizo algo ese hijo de puta?” Adriana miraba hacia abajo, con miedo y con vergüenza, en ese estado en el que ya no se llora más, que uno está seco. Ese era el momento – y el capitán lo sabía bien - para profundizar el interrogatorio porque era cuando los detenidos hablaban. Pero el capitán no quería interrogarla, quería protegerla, quitarle el susto, hablar de cualquier cosa a ver si lograba sacarla de lo que estaba pasando.
Adriana no le contestó ni esa vez ni nunca, jamás le dirigió la palabra. A partir de ese día el capitán dio las órdenes pertinentes para que nadie más tuviera contacto con ella y comenzó a llevarle lo que suponía podía faltarle o que le gustase, cigarrillos, dulce, chocolate… Adriana no tocaba nada, todo quedaba en el lugar donde el capitán lo había depositado. Intentando congraciarse le llevaba noticias de su compañero – que se reponía de a poco de la brutal paliza que le había dado – y así, sin darse cuenta, era observado y criticado por el resto de la oficialidad a causa de esa actitud tan por fuera de la operativa militar. Por su casa la cosa andaba mal: había echado a su mujer y suegra tras una pelea fenomenal y la soledad lo estaba corroyendo. Su cabeza estaba pendiente de Adriana y ya no la pudo apartar de su pensamiento ni un poquito. Llegó el día de la gran locura: calculando su talle le había comprado ropa para salir.
El sábado de tarde fue al calabozo y le contó la sorpresa: “Esta noche vamos a salir a bailar, te compré ropa. Te la dejo acá para que te la pruebes y si cuando vengo la tenés puesta significará que querés salir conmigo”. Adriana tenía bien claro que estaba tratando con alguien fuera de sus cabales pero también pensó que tal vez esa fuera la única oportunidad de escapar. Al regresar el capitán la encontró vestida y con el pelo recogido en una especie de moño con unas puntas sueltas justo como se usaba en la época.
Con una sonrisa le dijo: “A las dos mil trescientas pasaré a buscarte, ahora tengo que conseguir un auto” Estando el cuartel tranquilo y poco antes de las once de la noche el capitán tomó las llaves de un auto decomisado que usaban en los operativos y comunicó a la guardia que tenía un traslado de preso. Por ser el Juan José el jefe de operaciones nadie puso reparos, así que cargó a Adriana de capucha y con vestido de salir y se largaron a la noche. Lo de la capucha era claro: Adriana no debía saber en donde estaba, por lo que al regresar debería encapucharse nuevamente. Eso se lo dijo antes de salir; también le dijo que iba a ir vestido de civil y que no llevaría arma en señal de confianza. Adriana asintió con la cabeza a lo que Juan José decía mientras se preguntaba por la suerte de su compañero.
No había tenido más noticias ya que el capitán había dejado de informarle. Omitir la existencia del “otro” suponía facilitar una aproximación a la mujer de la que se sentía enamorado. Al salir del cuartel el capitán metió el auto en una calle muy oscura y le pasó las esposas por la dirección. Fue a la valija y de ahí sacó ropa de civil. En poco tiempo volvió y sacándole las esposas definitivamente comentó en tono jocoso: “¿Viste, ya no parezco más un milico?” Ella buscó algún arma con la mirada pero la ropa indicaba que iba desarmado. Juan José se dio cuenta y en una actitud teatral se levantó el saco y pegó una vuelta completa para que se quedara más tranquila. Llegaron así a un boliche que estaba en onda.
Antes de entrar le advirtió en forma terminante que no hablara con nadie: ¡si no hablaba con él no podría hablar con nadie! Se sentaron juntos frente a una mesa ratona y el capitán pidió whisky para él y un cóctel de frutas sin alcohol para ella. Pasó más de media hora en la que Juan José contempló su rostro tomado de la mano, siempre sin decir nada. De repente, una chica que estaba en la mesa del costado se levantó y dirigiéndose a Adriana le pidió si podía acompañarla al baño. Adriana le dijo que sí y miró a Juan José buscando la autorización para hacerlo. Esa fue la única vez que el capitán escuchó la voz de Adriana. Ambas se levantaron y fueron hacia el baño mientras Juan José quedó vigilante de lo que pudiera pasar.
A los cinco minutos regresó la otra chica pero no Adriana. El capitán no dudó, se levantó y fue derecho al baño y tras revisarlo entre gritos de mujeres constató que Adriana no estaba. Salió a la calle y la vio casi a una cuadra intentando correr. Comenzó su carrera y en breve la tuvo a su alcance, pero en ese pequeño trecho se gestó una indignación y una sensación de engaño tal que sin pensarlo puso una rodilla en tierra y sacó una pistola que llevaba en el tobillo derecho. Apoyando el codo en la otra rodilla apuntó y tiró dos veces seguidas sin siquiera dar la voz de alto. Adriana cayó de boca en la calle y los que estaban en la puerta del boliche comenzaron a acercarse.
En ese momento todo cambió: estaba en un operativo para el que había sido entrenado. Los paró a punta de pistola y tras cargar a Adriana en el auto arrancó determinado a no dejar rastros. Así andando llegó a un baldío sin vecinos ni testigos ocasionales, sacó del auto dos granadas que siempre llevaba, su valija de ropa y tras pegarle un tiro al tanque de la nafta dejó caer las granadas dentro del auto. Lo que no voló se incendió, no quedó prueba de nada. Al regresar al cuartel denunció la pérdida del auto y acerca de Adriana la reportó como trasladada a una unidad militar con carácter de secreto. El dolor de su espalda lo sacó del recuerdo de Adriana, la quemadura había sido fuerte de veras. Lo ignoró en la medida que pudo como verdadero estoico que era y siguiendo en lo que estaba, guardó los papeles con tranquilidad en la caja fuerte pero sin pasar llave. Había pensado que tal vez al abrirla con violencia podía perderse su contenido. Luego hizo una recorrida concienzuda por la casa y cerró todas las ventanas a fin de que el aire no se renovara. Tanto la puerta del frente como la del fondo quedaron sin llave para que en caso de que no volaran pudiera ser fácil el acceso. Quería que entraran sin dificultad para valorar lo que había hecho y que llegaran pronto a la caja fuerte.
Estaba saboreando de antemano su venganza. Fue a buscar sus armas - de las que había casi un arsenal - y entre ellas buscó en particular la P 38 con la que había matado a Adriana. Revisó el cargador y metió una bala en la recámara, fue nuevamente ante el espejo y se colocó la pistola en la sien. Tras mirarse fijo un rato metió el caño dentro de su boca, siempre sosteniéndose la mirada. Al fin bajó la mano. No, no debía ser así, ya había planeado lo que debía hacer y debía seguir el plan al pie de la letra.
Sacó de un armario un paquete de velas que había encargado unos días antes. De otro cajón a su costado sacó cuatro pares de esposas y fue hasta la maciza mesa del living. Ahí colocó todas sus armas alrededor de la mesa cual guardia de honor. Fue entonces hasta la cocina y dispuso las velas cerca de las hornallas de gas. Una vez todo en su lugar encendió las velas y enseguida abrió todas las hornallas y el horno.
En la forma más rápida que pudo se metió bajo la mesa del living y se esposó los pies a dos de las patas; con una mano libre y las esposas ya colocadas en ella apretó bien la otra muñeca y la aseguró a la tercera pata. Estirándose un poco llegó y quedó esposado a la última. Con la cara de costado miró sus armas que lo velaban: su pensamiento fue hasta Adriana, besó a su padre y lloró por todo lo bueno y lo malo que había hecho.
¡Qué sacrificio el suyo, estaba elevándose por sobre todos los mierdas que lo habían dejado en banda…, iba al fin a juntarse con su amada! Como buen hombre práctico que era notó que el tiempo para que se formara la mezcla explosiva de gas y aire se estaba alargando un poco demás. “No debo caer en nerviosismos extremos” pensó, y se dispuso a contar hasta mil para tener certeza de que algo malo estaba sucediendo. Al terminar el conteo y seguro ya de que nada iba a explotar intentó zafar de la mesa a la que se había esposado pero él hacía bien las cosas, la mesa era indestructible y las esposas Smith Wesson no cedían así nomás, así que se deshizo las muñecas y los tobillos y todo fue en vano. Al llegar la noche sintió hambre y sed, el frío estaba también haciendo mella y la quemadura de la espalda no le dejaba lugar de apoyo.
Ya no eran momentos para ser estoico. Se meó y se cagó muchas veces como tantos a los que el mismo había estaqueado. Sufrió tanto que la nebulosa de su cabeza confundió todo y comenzó a aullar, tanto que a los tres días los vecinos denunciaron que en una casa cerrada alguien debía haber dejado un perro atado… El capitán había hecho todo muy bien, solo que la válvula de la garrafa no sabía de honor militar y – por esas cosas del destino – se había tapado.
Friday, February 27, 2015
Las espinillas, hombre al agua.
Agosto31/2014.-
Después de
haber pasado una muy buena noche de descanso en el Albergue Municipal de
Guillena, me levante con muchas ganas de hacer Camino, pero… el segundo día de
ruta casi siempre es el más pesado. El aire acondicionado del lugar te
atrapaba, en un día que a la madrugada ya se traía mes de 35 grados y que iba a
llegar a cerca de los 42.
Salí al
tranco rumbo al rio, para comenzar lo que sería una etapa corta, pero que el
calor y las agujetas del primer día, la harían un poco difícil. De a poco fui
acomodando el paso y la mochila, cuando salí del polo industrial y encontré el
comienzo de la Cañada Real, ya estaba pronto, me sentía bien y animado, el
cuerpo respondía. Tener en cuenta que soy un hombre más bien rellenito y de
casi 67 años.
Los cercos
de piedra que delimitan la Cañada dejaban ver las tunas que pueblan el lugar,
donde hay tunas con higos chumbos, estos estaban prontos para comer, los jugos
gástricos comenzaron a pedir para digerir uno de ellos. Me saque el sombrero,
arranque unos cuantos y les removí las espinillas frotándolos fuertemente. Me
senté a la sombra de una higuera y pelándolos cuidadosamente, me los comí
todos. Frescos, dulces y de semillas crocantes, me llevaron a la época de mi niñez,
cuando mi abuela nos esperaba al retornar de la escuela con un canasto lleno de
chumbos.
Primera
torpeza del Camino… como un tonto total, pensé que con solo sacudir el
sombrero, se le caerían todas las espinillas y me lo puse nuevamente en la
cabeza.
Entre
frutales y olivares, seguí caminando plácidamente, el terreno era siempre
ascendente, pero no de una manera que torturara, más bien rampas largas y
continuas, que a pesar de que se sentían un poco en las piernas, solo las
identificabas si te parabas a mirar para atrás.
Llegue así
a algo que es muy peculiar y típico de La Vía de la Plata, una portera
(portela), que delimitaba la entrada a las tierras del Cortijo El Chaparral. La
dehesa en todo su esplendor de la época, me llenaba de regocijo, pero de a poco
empecé a sentir una molestia. Las espinillas que habían quedado en mi sombrero,
de a poco se habían empezado a desplazar por mi cuerpo, la transpiración que me
corría por la espalda las desparramaba ya por todos los sitios que me hacían sentir
incomodo, cuando el escozor recorrió hasta llegar casi hasta mi culo, no pude
hacer más que descolgar la mochila y desnudarme totalmente, para sacudir y
cambiar las prendas que tanto me incomodaban.
La suerte
me acompaño, en un lugar donde no se ve agua por ningún lado, un cartel en
varios idiomas marcaba el rumbo hacia un pozo de agua. Escondido, desnudo y a
unos pasos del camino, con la cantimplora me di una ducha tratando de
deshacerme de las espinillas. Unas voces se escuchan cercanas y aproximándose,
en toda mi desnudez, me escondo entre unos arbustos y matorrales, deseando que
los que vienen no necesiten agua. Eran Enrique y Rosario que al tranco y conversando
amenamente siguieron tranquilos sin darse cuenta de mi presencia. Lavado y
vestido, un poco más cómodo retome camino, la etapa es corta, solo unos 18 km.
pero todas las peripecias anteriores, las grandes zanjas y cunetas, las subidas
y bajadas constantes, me la alargaron en tiempo. De cualquier manera, la
disfrute mucho, bajo un sol radiante y más de 40 grados de temperatura me fui
arrimando a Castilblanco de los Arroyos, con los pulmones llenos de aires puros
y los ojos saturados de hermosos paisajes.
Me encontré
con un albergue municipal muy limpio y cuidado, donde se puede apreciar que los
hospitaleros voluntarios hacen un gran trabajo. Tome una litera, me di una
buena ducha para remover totalmente el cansancio del día y las famosas
espinillas que me habían regalado los ricos chumbos consumidos y después de una
reparadora siesta Salí a recorrer el pequeño y coqueto pueblo y comer algo
antes de retirarme a descansar para la próxima etapa, que será más exigente,
pero no menos linda.
Juan Alberto Pintos Lecuna
Monday, February 9, 2015
Segunda parte del diccionario del Camino.
Cuando escribía sobre el Camino Francés,
comencé a poner junto un pequeño diccionario para aquellos que hablamos un español
diferente al de España. Esto es un agregado con las palabras que más me encontré
y de las cuales tuve que pedir explicación.
Dehesa:
Zona utilizada para el desarrollo de actividades
agroalimentarias. Bosque no muy tupido de alcornoques, encinas, robles,
quejigos y en algunas zonas pinos y/o hayas. La vegetación a ras de tierra es
abundante debido a la sombra y lo espaciados de los árboles. Las bellotas son
el alimento preferido de los animales de la zona.
Cerdo ibérico:
Una delicia vestida de negro, que se alimenta en la
abundancia de las dehesas, termina en nuestros platos en forma del mejor jamón
del mundo y todo tipo de productos derivados del cerdo.
El higo chumbo: (Escribo y se me hace agua la boca)
Es el fruto de la chumbera, tuna, nopal, penca,
higuera de chumbo o higuera de pala, de la familia de las cactáceas es una
planta grasa de la América tropical, México, Brasil, Chile, y muy extendida también
en la cuenca mediterránea, norte de África, España, Sicilia, Italia, Marruecos,
Egipto, Israel, Arabia Saudí, Eritrea y Etiopia, allí conocida por beles.
De color rolo anaranjado, ovalado, cubierto de una
piel gruesa y erizada de espinas, el higo chumbo tiene una carne de color
anaranjado, fresca y acidulada, llena de semillas crujientes.
Alcornoque:
Árbol de donde se extrae el corcho. También se usa
como “tonto de remate”.
Tostas:
En Andalucía y Extremadura, la mejor forma de comenzar
el día. Una rodaja de pan tostado disponible con una variedad interminable de
delicias. Jamón, queso, huevos rotos, sardinas…etc. Casi me quedo a vivir en la
Venta del Culebrín, antes de llegar a Monesterio.
Carrilleras:
La carne de las mejillas y cachetes del cerdo, tierna
jugosa y en España tienen cien recetas diferentes para servírtela.
Morros:
Realeros o
rehaleros:
Cazadores expertos que cuentan con sus propios perros
de caza (rehalas), también pueden ser utilizadas para ayudar a juntar las reses
o animales que se esparcen por las extensas dehesas. Las montadas, son cuando
un grupo de rehaleros se reúne para abatir presas en una zona determinada. Los
hermosos y muy bien cuidados perros son muy preciados y la caracola es el
instrumento usado por los cazadores para llamar a sus perros.
Romería:
Es un tipo de peregrinación o procesión, generalmente
de tipo religioso, donde la gente del pueblo o de varios pueblos, se unen para
homenajear a algún icono religioso de la zona. Asistí a la Romería de la Virgen
de Castrotierra y la marcha de los pendones y fue maravilloso.
Vino de aguja:
Vinos espumantes al estilo de los champanes, cavas o
proseccos, que vienen de novela cuando te los sirven bien fríos junto a un buen
bocadillo. Me lleve uno bien envuelto en la mochila y me lo tome a la sombra de
un árbol en la cumbre del Calvario.
Hospitalidad:
Una palabra conocida por todos, pero que resuena más y
mejor cuando andas solo y a pie por los caminos de España.
Primera parte del diccionario:
http://www.elcorraldeltordillo.com/2014/04/diccionario-del-camino-de-santiago.html
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