Un lugar donde un hombre de Florida (Uruguay), la capital de la Piedra Alta, cuenta de todo un poco, sobre su pueblo, su vida, sus viajes, su familia y más que nada, sobre su Florida natal. Tambien mucho sobre mi querido Camino de Santiago.



Sunday, August 16, 2015

Fiebre de flechas amarillas.


Dentro de exactamente 7 días, estaré saliendo de Salamanca con la intención de llegar a Santiago de Compostela, recorriendo primero la Vía de la Plata y continuando por el Camino Sanabrés. Creo que estoy física y mentalmente preparado para lograrlo, con la ayuda de Santiago y San Cono, quizás pueda seguir hasta el Fin del Mundo, Fisterra (Finisterra).


El año pasado, lo intente, pero el físico me traiciona y tuve que abandonar con problemas de tobillo, rodilla y cadera, además después del accidente que tuve en Puebla de Sancho Pérez, me empecé a desanimar, el cuerpo no respondía y la mente se distraía. Me esforcé al máximo hasta llegar a Salamanca, donde no tenía otro camino que abandonar las caminatas diarias. De a poco seguí la ruta, caminando cuando podía y tomando cualquier tipo de locomoción disponible cuando el cuerpo se rebelaba. Eso me permitió conocer un montón de cosas de España que no tenía en el libreto, desde ciudades encantadoras a pueblitos ya casi inexistentes pero con todavía espíritu de lucha para mantenerse.


Me quede unos días en Tabara con mi amigo, escritor y hospitalero José Almeida, pase por La Bañeza y Alija del Infantado, asistí a la romería de la Virgen de Castro tierra y escuche misa en la pequeña Iglesia de Genestacio de la Vega, donde después de quedarme unos días con la familia Alija y Sandra, con quien habíamos hecho el Camino Francés juntos, fui casi adoptado como hijo del pueblo. No solo que me trataron como a un rey, sino que también me honraron con la camisa oficial del pueblo y el símbolo del pendón, al cual acompañe en la romería.



Un día le pido a Sandra que me alcance hasta La Bañeza para subir a un bus y seguir viaje. Me acerque a la boletería, pedí un boleto y ante la pregunta de ¿A dónde?, respondí “En el primer bus que esté disponible y hasta su destino final, pero por favor no me lo diga”. Veinte minutos después llega el primer bus a la terminal, me subo sin leer el destino, me reclaman el boleto, lo extraigo de mi bolsillo y por primera vez lo miro… destino Santiago de Compostela. Estaba predestinado.



Recorrí Santiago por dos días, en un ómnibus turístico me fui a conocer la Costa de la Muerte, Finisterra, Muxia, montes, cataratas y puentes de película, el mar embravecido, las rías, parrilladas de maricos, tapas de cuanto producto del mar que te puedas imaginar e interminables botellas de Albariño, que bajaban como un néctar sagrado.



Después de asistir a la misa del peregrino en la Catedral de Santiago de Compostela y disfrutar del espectáculo del Botafumeiro, decidí que era hora de abandonar la encantadora Galicia. El tren nocturno me dejo en Madrid.

Ahí mi base seria en Azuqueca de Henares, un pueblito encantador a 45 minutos en tren desde Atocha, donde mi prima Gladys, me da cobijo cada vez que voy a España. Tenía siete días para mi partida a Toronto, así que pude disfrutar de la familia y además seguir haciendo turismo, ya que a esta altura no era más peregrino. 


 Visite, Plasencia, Sigüenza, Aranjuez, Alcalá de Henares y Guadalajara, recorrí castillos, iglesias, museos y jardines encantadores, camine por estrechas callecitas medioevales y por anchos bulevares arbolados. Tome trenes, buses, taxis y camine todo lo que el cuerpo me permitió. También estuve en fiestas patronales, corridas de toros y un concierto bajo las arboledas del Palacio Real de Aranjuez.


Madrid lo recorrí de norte a sur y de este a oeste, recorrí desde sus barrios más lujosos a sus más exóticos y peculiares, desde la Castellana a Chueca, de Salamanca a Puente de Vallecas, el Rastro y Retiro. Camine por Atocha, me corte el pelo en Cuchilleros y comí bocadillos a orillas del Manzanares junto al puente de Calatrava. Comí pescaditos sentado en la Plaza Mayor y cerré el viaje con algo que se ha ido volviendo en mi rito de despedida, tapas y Jerez amontillado junto a los barriles en el Mercado de San Miguel.

Como ven, me queda poco por hacer, pero lo que me queda pendiente fue llegar a Santiago por mis propios medios. 

Así que me voy otra vez, con esa fiebre de flechas amarillas, que me obligan a seguirlas, que me llevan a un viaje interior que me reconforta y me hace feliz. Que me llevan a Santiago de Compostela y me dejan conmigo mismo.

Hasta la vuelta. Ultreia et Suseia















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